Publicado: Mar, 2 Dic, 2014

Los que pueden perdonar

SOCIALES -Manuel Damián La Habana. Una joven hacía fotos a un edificio en la localidad de Alamar cuando
apareció una mujer preguntándole sobre el destino de las imágenes y hasta exigiéndole que mostrara sus credenciales. La muchacha trabajaba
para un periódico oficialista, pero no quiso defenderse con ese
argumento.

La vecina se vio obligada a explicar que en ese edificio había vivido María Elena Cruz Varela, (la poetisa cubana que por defender los derechos de los intelectuales cubanos a inicios de los 90, sufrió el mitin de repudio más repugnantemente espectacular que se haya
conocido en el reparto).

O sea, ese no era un edificio cualquiera. Allí vivió una mujer excepcional, laureada en su propio país con el premio Julián del Casal, y en el extranjero con los premios Mariano de Cavia de la prensa española, Emilia Bernal y premio de novela histórica Alfonso X. Pero para la vecina lo que hacía remarcable el inmueble no era la luz que arrojó esta mujer al mundo con su obra, sino la sombra que cernió sobre ella la persecución política y la desfachatez popular.

Cuando me contaron la anécdota lo primero que me pregunté es si esa vecina había participado en el linchamiento, y ahora intentaba dar un
sentido a su trivial existencia erigiéndose en salvaguarda de la infamia.

Curiosamente, unos meses más tarde un amigo que recién regresaba deMiami me contó que allá se había encontrado nada más y nada menos que con la poetisa María Elena Cruz Varela, y ella mandó con él un mensaje verbal a la pareja que llamó aquel terrible día a su puerta (omito sus
nombres porque no creo que hoy estén orgullosos de eso), y apelando a
su amistad le aseguraron:

-¡Abre, sólo somos nosotros!

Detrás, había una multitud lista para atacarla en cuanto abriera.

El mensaje de María Elena era:

-Dile que ya los perdoné.

El contraste entre las dos historias me hizo darme cuenta de que sólo quienes tienen la satisfacción de haber hecho lo que sienten y
quieren, pueden conocer el alivio del perdón.

A los que se dejan convertir en instrumentos de guerras que ni siquiera entienden, sólo les quedan los estragos del rencor: la miseria moral y por desgracia, material. Porque la recompensa en Cuba para fidelidades de esta índole no pasan de un televisor mediocre o un
teléfono.

Pero la desmemoria histórica es tan cínica, que tal vez un día en el edificio de marras se inaugure la casa museo de una cubana que honró
nuestra Isla. Y quizás la misma vecina se ofrezca para guiar a los visitantes extranjeros, ensalzando (hasta con convicción), los méritos
de la insigne poetisa.

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