Publicado: Mar, 20 Ene, 2015

USS Maine: el inicio del sensacionalismo

Bajada de Internet La distorsión de la realidad en los medios informativos manipula la opinión pública

La Habana.El 15 de febrero se cumplen 117 años del hundimiento en puerto habanero del buque de guerra USS Maine. El navío había arribado a la isla en enero de 1898, procedente de Cayo Hueso, Florida. Traía la misión de proteger los intereses estadounidenses durante la guerra sostenida entre la colonia y la metrópoli española.

La tragedia cobró la vida a 274 personas, y derivó en un conflicto armado donde por vez primera la acción militar fue precipitada por la influencia de la prensa. Además, marcó el surgimiento en Norteamérica de un nuevo estilo que habría de ser conocido como periodismo amarillo o sensacionalista.

Ya antes del hundimiento del USS Maine, las notas amarillas empezaban a circular en los principales periódicos de EUA. Varios de los medios de prensa de la época fabricaban atrocidades supuestamente cometidas por la parte española. La opinión pública comenzó a asumir una visión manipulada sobre los sufrimientos del pueblo cubano en su guerra de liberación.

Las historias publicadas muchas veces llegaban de tercera mano, a través de informantes asalariados que simpatizaban con la causa libertadora y distorsionaban las noticias para arrojar luz sobre la revolución. Habitualmente, pequeñas escaramuzas se convertían en grandes batallas y la opresión hacia los cubanos era representada a través de un trato inhumano, torturas, violaciones de mujeres y pillajes en masa.

En aquellos tiempos el desarrollo del periodismo en la isla era prácticamente nulo y no poseía capacidad de respuesta. Sólo algunas figuras, con más dominio literario que estudios del oficio, ejercían la profesión en medios nacionales.

En EUA, magnates de la talla de Joseph Pulitzer y William Randolph Hearst eran propietarios de los grandes rotativos New York World y el New York Journal. Ambos compartían un absoluto desprecio por el periodismo responsable y ético. Para entonces habían descubierto la necesidad que sienten las personas de conocer sobre la desgracia ajena. La puja entre ambos empresarios condujo a un nuevo punto de inflexión en la historia de la propaganda y el comienzo del sensacionalismo.

En 1897 Hearst envió a Cuba al artista Frederic Remington, con el propósito de que le enviase las ilustraciones para acompañar una serie de artículos sobre acontecimientos de la guerra en la isla. Sin salir de La Habana, el artista pronto quedó aburrido ante tanta tranquilidad y mandó el siguiente mensaje por cable a su empleador.

“Todo está tranquilo. No hay problemas. No habrá guerra. Deseo volver”.

Inmediatamente Hearst respondió:

“Por favor, manténgase allí. Usted proporcione las imágines y yo proporcionaré la guerra”

Días después del hundimiento del acorazado, Hearst publicó un artículo titulado “El barco de guerra Maine fue partido en dos por un arma secreta infernal”. La historia fue publicada antes que se dieran a conocer las conclusiones de las investigaciones que se realizaron sobre el siniestro. Narraba cómo los españoles habían plantado un torpedo bajo el barco, detonándolo desde la orilla. A este artículo siguió otro que contenía planos y diagramas falsos del torpedo.

La historia pronto fue re-publicada por todos los Estados Unidos. La mentira llegó a la fibra sensible del pueblo, provocando la agitación de la opinión pública hasta el punto del frenesí. Finalmente, el efecto del periodismo amarillo prevaleció y los soldados fueron enviados a Cuba.
Sacudido el yugo colonial, los constantes cambios en la isla darían enjundia suficiente a la oleada de reporteros que llegaba desde el norte.

Sin embargo, ya no había crímenes, ni españoles a quien achacárselos. Era el nuevo siglo y el periodismo entraba en su edad de oro. La corriente sensacionalista que marcaba la vanguardia en la competencia entre los grandes medios de prensa tuvo que inventarse un nuevo comodín para generar ventas.

Con el apoyo mayoritario del periodismo nacional, durante los primeros cuarenta años de la república la mira de la corriente amarillista se centró en las flaquezas de los gobernantes de turno, a la vez que se mofaba de la identidad del pueblo y sus costumbres.

Los textos e ilustraciones de la época hacen una descripción caricaturesca de los cubanos, resumiéndonos como un pueblo bárbaro, ingobernable, amante del ocio y la parranda. Poco más tarde, la atención giró en torno a las contradicciones internas y las luchas de los movimientos opositores contra los regímenes imperantes.

En la actualidad, a pesar de existir consenso universal sobre la necesidad de practicar un periodismo responsable y anti difamatorio, con la constante aparición y desarrollo de tecnologías, el alcance del sensacionalismo se multiplica.

A escala mundial, la cresta del periodismo amarillo emergió en los últimos conflictos armados. Sobre Irak, Afganistán, Libia o Siria, se publican alegatos e imágines redundantes en atrocidades, guiando a la opinión pública por caminos preconcebidos por intereses políticos y económicos.

Los avatares de lo cotidianamente importante desalojan del eje de debate sucesos que demuestran el real poder de la influencia sensacionalista. Valdría la pena recordar los argumentos utilizados por EUA para invadir Irak el 20 de marzo del 2003.

Según el Presidente de los Estados Unidos, George W. Bush, las razones para la invasión eran “desarmar a Irak de armas de destrucción masiva”. Nunca llegaron a encontrarse o probarse su existencia. Funcionarios de aquella administración estadounidense, posteriormente sugirieron que había sido una invención para eliminar el régimen de Saddam Hussein.

No obstante, el revuelo mediático creó una sensación de inseguridad para el pueblo norteamericano. Temiendo a los supuestos misiles con capacidad nuclear en poder de Hussein y sus aliados terroristas, apoyó una guerra que terminó relativamente pronto, aborreciendo por las pérdidas humanas y materiales que costara.

A tantos años ya del hundimiento del USS Maine y del surgimiento del periodismo amarillo, tanto periodistas como consumidores de productos mediáticos deberíamos alzar nuestras voces contra el poderío destructivo y manipulador del sensacionalismo. Quizás, para combatir esa distorsión periodística, deberíamos también asumir como nuestra aquella famosa frase que utilizó como himno de guerra el manipulado pueblo estadounidense de 1898: ¡Remember the Maine!

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