Publicado: Mar, 10 Feb, 2015

Prensa y Revolución. (1946)

Publicación cubana del siglo XVIII Emeterio S. Santovenia.

La ansiedad de los patriotas llegaba a lo sumo en el mes de enero de 1895, José Martí, como delegado del Partido Revolucionario Cubano, y José María Rodríguez, en representación del General en jefe del Ejército Libertador pronto a organizarse, lo reconocieron así en el documento que con Enrique Collazo extendieron en Nueva York el 29 de enero de 1895 para autorizar el alzamiento de los separatistas de la Isla. Los trabajos de conspiración eran cada día más intensos. El peligro aumentaba por horas.

Los revolucionarios laboraban sin cesar. Las noticias procedentes del exterior reafirmaban la certidumbre de que todo estaría en breve propicio al esfuerzo bélico que en la Isla preparaban los servidores de la libertad. El Apóstol, con la superior capacidad con que dirigía la causa patria, había considerado próximo el instante de alzar de nuevo el estandarte de la independencia y esgrimir otra vez el machete redentor. El soldado de Cuba libre tenía puesto el pie en el estribo.

Quienes seguían creyendo en la eficacia de la evolución y en el movimiento de reforma se ocupaban en reorganizar sus huestes para repetir las luchas de la paz material. Los autonomistas continuaban apegados a la idea de que su obra era la panacea de los males que sufría la Colonia. Incidían en la doble equivocación de suponer que el pueblo no era partidario sino de semejante remedio y de esperar que por la fuerza de los razonamientos el régimen de opresión se convertiría en sistema democrático y liberal para la Isla.

Pero en el mismo bando autonomista había hombres que conocían la realidad y se ajustaban a sus demandas.

Eduardo Yero, secretario del comité e Santiago de Cuba, fue uno de los autonomistas inclinados a sumarse a la Revolución. El vigoroso periodista pudo lograr que la Junta Provincial no designase el delegado que debía asistir a la reorganización de la asamblea primaria por considerarlo inoportuno en tales momentos. Así lo participó en significativo telegrama que el 31 de enero de 1895 puso a José Miró Argenter, a Manzanillo. No se contento Yero con eso, y en su periódico El Triunfo expuso una idea atrevida:

“No son estas horas de reorganizar legiones para la paz, sino de tomar actitud expectante, para que el pueblo de Cuba pueda seguir dignamente las inspiraciones que le dicten las circunstancias”.

Los términos de esta conclusión fueron graves y categóricos. Resumieron el pensamiento de los cubanos que se hallaban persuadidos de la inutilidad de todo esfuerzo que no fuese el de las armas. Ya se aproximaba el momento de iniciar la lucha armada (24 de febrero de 1895) autorizada por José Martí y Máximo Gómez.

La actitud del periodista Eduardo Yero al observar los síntomas de una nueva guerra liberadora en Cuba ayudó a encauzar la pública opinión. Y el medio por él utilizado para exhibir sus opiniones no pudo ser más eficaz: las columnas de El Triunfo. De nuevo fue dable entonces aquilatar la importancia de la prensa. La prensa servía de vehículo a la propaganda revolucionaria. Prensa y Revolución confluyeron en un punto capital; en el punto capital de la ascensión de Cuba a la soberanía internacional.

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