Publicado: Mar, 3 Feb, 2015

Visiones de una ciudad

La Habana en los 50 La expansión de La Habana como ciudad marina sufrió el freno de un cambio total

La Habana. Desde1898, el inicio de la presencia norteamericana en la isla, muchos fueron los cambios que sufrió visualmente la ciudad. El gobierno mediador en la conformación de nuestra República de 1902, emprendió la construcción de escuelas, hospitales y vías de comunicación, así como el saneamiento y embellecimiento de la capital de la isla. Fueron transformaciones llevadas a cabo como una fórmula para garantizar y asegurar la inversión de capitales.

De alguna manera, este afán modernizador también se manifestó a través de una imperiosa necesidad de actualización en diversos sectores de la vida. La franca apertura favoreció la propuesta de una nueva política que, entre otros aspectos, propició la entrada a la isla de influencias extranjeras, nuevas modas y anhelos de libertad. De igual modo, nuevas prácticas ganaron espacio en la sociedad cubana, como el disfrute del mar y la náutica deportiva.

Desde fines del siglo XIX, en el capitalino territorio del Vedado se popularizaron los conocidos baños en pocetas. Y durante los primeros años del siglo XX, formaron parte de una sencilla estructura recreativa en la zona del Malecón habanero. Sin embargo, ya por los años veinte, con la urbanización de la zona de Miramar, y como resultado, la expansión de la ciudad hacia el oeste, las playas de Marianao se transformaron en referencia y espacio privilegiado, sobre todo con la élite social habanera, para los baños de mar.

La más antigua sociedad náutica criolla y primera en privatizar el disfrute del mar fue el Havana Yacht Club –conocido actualmente como Julio A. Mella. La extensión de la Quinta Avenida en Miramar, el mejoramiento vial desde el municipio de Marianao y los avances del transporte con la introducción del tranvía urbano, dieron lugar al surgimiento de los primeros hoteles de veraneo –Copacabana, Rosita Hornedo, Chateau Miramar, Comodoro, entre otros-, zonas de feria e instalaciones de deportes náuticos. Incluso se llegaron a registrar 39 inscripciones de Yacht Clubs, los que surgían a partir de los intereses individuales de sus organizadores, con el objetivo de favorecer el desarrollo urbanístico de la zona.

De manera progresiva, el litoral oeste de la ciudad fue ocupado por nuevos clubes, balnearios y residencias privadas. Se construyó el parque de diversiones Cony Island y continuaron proliferando cafeterías, cabarets, casinos que transformaron notablemente la visualidad de la ciudad. La apropiación costera por parte de la élite habanera con sus magníficas residencias y el auge de las “Playas de Marianao” hicieron de Miramar, y por extensión las zonas de Jaimanitas y Santa Fe, un centro urbano de recreo poli-funcional.

El Miramar Yacht Club, el Casino Deportivo y la zona costera que hoy es la Marina Hemingway, no sólo se convirtieron en novedosas instalaciones de entretenimiento, sino que cubrieron la necesidad de la ciudad de conectarse con la playa. Era un espacio con cualidades y potencialidades indiscutibles para responder a las inquietudes que la modernidad inyectaba en la sociedad habanera.

Al construirse el túnel bajo la bahía en los años cincuenta, se abrió la posibilidad de ocupar los terrenos vacíos al este de la ciudad, en dirección a playas y centros recreativos exclusivos. El nuevo proyecto de expansión de la urbe mantenía la conexión de décadas anteriores entre la ciudad y el mar. En este sentido, resulta significativo el proyecto de creación de ejes de vertebración urbana diseñado por José Luis Sert, uno de los cuales privilegiaba las zonas de desarrollo de Habana del Este, Cojimar, Santa María del Mar y Santa Cruz del Norte.

La nueva zona de progreso turístico completaría en materia constructiva la quimera dorada que durante décadas republicanas se había proyectado para todo el litoral habanero. La ciudad costera, en íntimo enlace con el mar, imaginada como el balcón del Caribe -con una tradición arquitectónica y urbanística y una práctica social fundada en baños de mar, balnearios, hoteles y modernas residencias-, salvo algunas afortunadas excepciones, terminó convirtiéndose al este de la ciudad en el espacio de la vivienda proletaria y la unidad vecinal después de 1959; otro sueño inconcluso.

La particularidad ambiental de la Perla de las Antillas, con su valor funcional, simbólico, cultural -a veces restaurado en los últimos años, sobre todo en la zona del Malecón habanero- está mayoritariamente perdida entre el populismo y la desidia. No hay ciudad limpia, ordenada, planificada, moderna. La Habana quedó a la deriva entre herencias extraviadas y políticas anti-urbanas. Las prácticas sociales de hoy también le han dado la espalda al mar, a nuestra tradicional imagen de urbe. Sin embargo, aún volcada hacia el interior de sí misma, la ciudad espera nuevas brisas.

 

 

 

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