Publicado: Mar, 10 Mar, 2015

El arte de los 80 en revistas culturales habanera

Juan Marinello (Foto.Internet) La Habana. En los primeros años de la década del 80 en las revistas culturales habaneras, el arte de la nueva vanguardia plástica en Cuba encontró un espacio de discrepancia. Por supuesto, la divergencia y desafío lo imponía una crítica de arte que desde la década precedente regulaba toda práctica artística en la isla desde la perspectiva del realismo socialista. Las polémicas en torno a este controvertido tema ya habían inundado el escenario cultural cubano desde comienzos de la década del 60; y aún hoy se vuelve de vez en cuando la mirada hacia este hecho que indiscutiblemente marcó la realidad insular.

La mayoría de las valoraciones realizadas en revistas como Caimán Barbudo, Revolución y Cultura, Unión, y Gaceta de Cuba para referirse a la producción plástica en los años 70 oscilaban en: “buena calidad gráfica”; “hecho documental bien logrado”; “necesidad de lenguajes que armonicen con su tiempo histórico”; “el ejemplo de la cultura está en la realización de los países socialistas, en especial de la URSS”; “calidad artística e imagen actual del paisaje”; “lo efímero traiciona la oportunidad de adquirir un valor estético y comunicativo definitivo”; “lo más positivo del panorama actual es su variedad cualitativa y cuantitativa”. Todas ellas son ejemplos paradigmáticos de la parcialidad y la mirada complaciente en la que se sustentaba la crítica de arte en la prensa de la época.

Desde el Caimán Barbudo en el año 1981, el periodista Ángel Tomás todavía se atrincheraba en una ruta estética vaciada de todo fundamento artístico. La renovación e internacionalización del arte incitada por creadores como Flavio Garciandía, Juan Francisco Elso, Rubén Torres Llorca, Gustavo Pérez Monzón, Leandro Soto, José Bedia, José M. Fors, Ricardo Rodríguez Brey, Tomás Sánchez, entre otros, resultaba para este crítico de arte una llamada de alerta ante el denominado -durante décadas- “diversionismo ideológico”, del cual los diarios cubanos se hicieron voceros.

Algunos de los criterios nocivos respecto al arte de vanguardia de los 80 que en ese tiempo circularon en la mencionada publicación se pueden resumir en esta apreciación de Ángel Tomás: “A pesar de nuestras particularidades ideológicas y sociales, válidas para la creación de un arte propio con trascendencia universal, parece que subyace entre algunos de nuestros creadores el criterio de que la obra gana su valor artístico cuando está ubicada en el último “ismo” de moda. Si nuestra creación estuviese vinculada y dependiera del mercado internacional, tendría lógica que se produjera entre algunos artistas dicha actitud. Pero como ello no sucede, entonces este fenómeno puede estar motivado por la subsistencia en el plano del pensamiento de concepciones estéticas evasivas frente al fenómeno de la realidad”.

Resultó alucinante la monomanía del diversionismo ideológico en todas las publicaciones periódicas del periodo, y en especial en las revistas de carácter cultural. La preocupación por la incidencia en la isla del arte de las llamadas sociedades consumistas se convirtió en un espacio de directa disputa con todo lo creativo y diferente. De la mano de Leopoldo Domínguez, Jorge Pimentel, Bernardo Márquez, Víctor Águila, Pedro de Oráa, por mencionar algunos nombres, la audacia y la novedad resaltaban como sospechosas desde la “inagotable” fuente del materialismo dialéctico y el marxismo manualista.

La permanente inquietud de estos y otros periodistas oficialistas del momento radicaba en el típico rompimiento que todo arte nuevo genera en sí mismo, y por supuesto las polémicas que ello pudiera suscitar en el incólume sistema social. El mal traducido y aplicado realismo socialista convenientemente se limitaba a exigir en la obra de los artistas plásticos la conjugación armónica con la época.

La recreación de la realidad basada en las crónicas de los héroes de la independencia nacional, los nuevos protagonistas sociales, las obras de la revolución y la representación de todos los géneros tradicionales del arte, resguardaba de todo conflicto el pensamiento cultural de la generación “de la esperanza cierta”, como la llamaría el intelectual comunista Juan Marinello.

El carácter partidista de la función social del arte y la literatura en el socialismo quedó registrado en cada número de las revistas culturales durante los años 80, aunque no quedó confinado a este periodo exclusivamente. Un antes y un después también intentaron coartar los presupuestos vanguardistas de nuestro arte nacional. Lo que devino luego en el renacimiento del arte cubano y su repercusión en la prensa cultural será otra historia.

 

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