Publicado: Mar, 10 Mar, 2015

Memorias de un decano

Foto tomada de Internet La Habana, febrero. Durante mucho tiempo hemos asumido, de manera tácita y por objetividad histórica, que la guerra civil liderada por Fidel Castro culminó en 1959 con la derrota del ex presidente Fulgencio Batista y los males republicanos que él representaba, cuando verdaderamente somos todos los cubanos perdedores de esa contienda, aunque muchos todavía no habíamos nacido.

El de cursar de los años ha demostrado convincentemente que el éxito del carismático guerrillero nos ha desfavorecido, y que trajo como resultado más dañino la ruptura con una democracia incompleta pero sustentada en bases que atribuían la titularidad del poder al conjunto de la sociedad. Era una democracia con estándares desarrollables, similar a la de otros países.

Castro, apoyado por un grupo de acólitos militarmente empoderados, dividió los poderes e implementó una forma de gobierno donde la fuerza política se concentró en una sola figura, la suya. Para preservar la prolongación del poder configuró una administración de corte dictatorial, entrelazada por puntos en común con la dictadura autoritaria –término que reivindica para sí el fascismo-.

Por concepciones ideológicas, la prensa, todavía diametralmente autónoma y por semántica enemiga natural de posturas hegemónicas, entró en la plana de las acciones que se encaminaron a compensar libertades capaces de dinamitar o entorpecer el funcionamiento del nuevo sistema político.

En los primeros cinco meses de poder, la élite gobernante intervino y clausuró más de 80 diarios y publicaciones del país que no se avenían a los intereses “revolucionarios”. Las propiedades expropiadas, símbolos de modernidad en aquel entonces, se convirtieron en sede de varias de las más importantes instituciones del naciente régimen.

Precisamente uno de los periódicos clausurados, el Diario de la Marina, años antes se había ganado la saña de Fidel Castro, quien lo acusó en su momento de difundir, por orientación Batista, falsas informaciones en contra de los hombres que bajo su mando asaltaron el Cuartel Moncada de Santiago de Cuba.

Desde el mismo cambio de régimen la desaparición del Diario de la Marina fue una prioridad política del nuevo dictador. No obstante, el cierre definitivo se vio dificultado por la influencia que sobre la sociedad ejercía el rotativo, considerado el de mayor impacto en la etapa republicana.

Otros periódicos connotados comprendieron a priori la relevancia de la inminente clausura del Diario de la Marina. Algunos se pronunciaron sobre las horas oscuras que se avecinaban para la prensa independiente. Con respecto al tema el diario Prensa Libre publicó el artículo La hora de la Unanimidad, escrito por el periodista Luis Aguilar León.

Pero la suerte ya estaba echada, en la nueva Cuba no había espacio para una prensa progresista, crítica e inclusiva. Se dice que su última publicación ocurrió el 12 de mayo de 1960 junto con el resto de los periódicos independientes.

Sin embargo, la fecha es apreciablemente simbólica, porque para entonces los dueños del diario ya habían abandonado el país y los trabajadores asumían las tiradas. Contradictoriamente las últimas ediciones hacían un bosquejo auto crítico del diario, enmarcándolo como una publicación conservadora y oligárquica. El último número, en poder del “Gobierno Revolucionario”, se editó con un titular en primera plana que decía: “Ciento veintiocho años al servicio de la reacción”.

La supresión del Diario de la Marina terminó con una historia centenaria. Como proyecto el diario había nacido el 1 de abril de 1844, de la unión de uno de los primeros periódicos de la colonia: El Noticioso, con otro de la competencia: El Lucero.

La fundación del diario se realizó bajo la dirección del español Isidoro Araujo de la Lira. A lo largo de su existencia contó con otros doce directores, entre los que destacaron Don Isidoro Alcalá Galeano, Don José Ruiz de León, Don Fernando Fragoso y Luciano Pérez Acevedo.

En 1895 comenzó a dirigirlo Don Nicolás Rivero Muñiz, asturiano radicado en Cuba a quien el rey Alfonso XIII otorgó en 1919 el título de Conde del Rivero en premio a su actitud en favor de España. En la dirección le sucedió su hijo José Ignacio Rivero Alonso –Pepín-, y más tarde el nieto José Ignacio Rivero –Pepinillo-, su último dueño.

A lo largo del siglo XX el formato del Diario se mantuvo sin mucha variación, medía 23,5 pulgadas de largo por 18 de ancho y se imprimía a ocho columnas de 5,3 centímetros. A la izquierda de la primera página enumeraba los años que contaba “al servicio de los intereses generales y permanentes de la nación, el periódico más antiguo de habla castellana, único en América con suplemento diario en retrogradados”.

Contaba de 30 páginas, las cuales giraban en torno a los tres principios que defendía la publicación: “Dios, Patria y Hogar”. Además, ofrecía al lector diferentes secciones entre las que se encontraban Charlas Políticas, Editorial, Cartas al director, Caricaturas, Crónica habanera, Síntesis mundial, Modas, Noticias Católicas, Policía, Tribunales y Carteleras, entre otras.
En la década del 20 del siglo pasado aumentó sus páginas, con la inclusión de un suplemento literario, considerado el de mayor trascendencia durante la República.

El suplemento literario del Diario de la Marina estuvo dirigido por José Antonio Fernández de Castro y, el espacio incluyó temáticas sobre humorismo, cine, anuncios clasificados y folletines. El suplemento, que fue uno de los voceros del vanguardismo en Cuba, acogió destacadas plumas de las letras en el país y otras latitudes, como Martí Casanova, Raúl Roa, Enrique de la Osa, José Lezama Lima, José Suárez Solís, Alejo Carpentier, Miguel Ángel Asturias y José Calos Mariátegui, entre otros muchos más.

Dentro del suplemento se incluyó, a finales de los años veinte, la sección “Ideales de una raza”, con la cual el Diario proporcionó un espacio justo dedicado a los cubanos de ascendencia africana. El redactor principal era Gustavo E Urrutia. En esta página se publicaron, el 20 de abril de 1930, los hoy famosos “Motivos de son” del poeta nacional cubano Nicolás Guillén. Otros colaboradores encumbrados de la sección fueron Regino Pedroso, Regino Boti León, Lino Dou, Juan Gualberto Gómez y Arturo González Dorticós.

Aunque se autodenominó como el “Decano de la prensa cubana”, la aceptación y prestigio que alcanzó avalan la propia proclamación. En pocos años de andadura se consolidó no solo como el diario más importante del país, sino que fue reconocido como el más importante de Latinoamérica y además uno de los más influyentes de América en el periodo comprendido entre 1902 y 1959.

Imperdonable para el régimen encabezado por Fidel Castro, y así se expresó en ocasión de la intervención del Diario,fue la cercanía que mantuvieron con la economía norteamericana diversos sectores que orientaban su política editorial, como son los casos de la Iglesia Católica y el Cardenal Arteaga, o el banquero Gelats, quienes formaron parte de la Junta Consultiva de la publicación. Como punta de lanza también acusaron que el Diario se proyectaba en contra de cualquier cambio social en Cuba.

La persecución política llevó al Diario de la Marina, al igual que a miles de cubanos en la época y posteriormente, a migrar hacia puerto seguro. Después de mayo de 1960 continuó la publicación como un semanario editado en la ciudad de Miami.

En 1961, luego del fracaso de la invasión de Bahía de Cochinos, su dueño, José Ignacio Rivero “Pepinillo”, tuvo la certeza que jamás podría regresar a Cuba y tampoco su diario, al que entonces puso fin.

El edificio que sirvió de sede al Diario, situado en el reparto Miramar de la urbe capitalina, fue en la etapa republicana un emblema de modernidad. Desde 1983 la instalación funciona como sede del Banco Popular de Ahorro de La Habana. Cincuenta años después del cierre del Diario de la Marina, el edificio es otra construcción dentro de una arquitectura que gracias a los remiendos resiste la fuerza de gravedad.

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  1. El edificio del Diario está en Prado y Teniente Rey justo enfrente del Capitolio, no en Miramar. Justo después de su intervención fue sede de la Imprenta Nacional y más tarde de Juventud Rebelde. En la actualidad el edificio está dividido en dos interiormente y es sede de la Editorial Abril

  2. El edificio del Diario está en Prado y Teniente Rey justo enfrente del Capitolio, no en Miramar. Justo después de su intervención fue sede de la Imprenta Nacional y más tarde de Juventud Rebelde. En la actualidad el edificio está dividido en dos y es sede de la Editorial Abril y del Tribunal Provincial de La Habana

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