Publicado: Mar, 28 Abr, 2015

Censura made in Cuba

Imagen 009 La Habana. Cerca de trescientos años transcurrieron desde que la corona española instauró en Cuba un estado de censura casi absoluto sobre el pensamiento político e intelectual. Era entonces, el español, un imperio en decadencia, hundido en profundas estrecheces económicas provocadas por siglos de guerra contra la emancipación de las colonias en el Nuevo Mundo.

Hasta cierto punto, respetando el momento histórico, pudiera comprenderse la actitud de la metrópolis, que para el siglo XVIII había perdido el dominio sobre el continente y la llamada joya de la corona resultaba su último reducto en el área y quizás tabla salvadora, o por lo menos un premio de consuelo. De cualquier modo, con todo y restricciones permitió la circulación de varios periódicos contestatarios de cuyas páginas surgieron y desarrollaron periodistas que alcanzaron abolengo universal, como es el caso de José Martí.

Lo que no parece justificable bajo ningún concepto es que, a pocos días de cumplir 113 años como república independiente, regida por connacionales, permanezcan inamovibles y fortalecidas las privaciones a las libertades de pensamiento y expresión establecidas por la monarquía española.

En la época contemporánea la isla ha tenido la mala dicha de ser administrada por personajillos negativamente célebres, para quienes el periodismo ha sido una especie de anticristo que atenta contra su permanencia en el poder.

Un largo periodo de cruda censura inició en 1925 con el arribo de Gerardo Machado a la presidencia, cerrando varios periódicos y revistas además de reprimir violentamente cualquier tipo de manifestación opositora. Posteriormente los mandatos de Fulgencio Batista continuaron la tendencia, pero incrementando los niveles de violencia a extremos sangrientos. Con la llegada de Fidel Castro al poder, el 1 de enero de 1959, las políticas de censura tomaron nuevas dimensiones.

Ondeando la bandera de una revolución mal lograda, Castro fue moviendo sus piezas sobre el tablero hasta dejar casi en cero los derechos del pueblo. La libertad de expresión quedó atrapada en un contexto ideológico extranjero que por sobre todo tipo de lógica promueve la omisión de la diversidad.

Sin embargo, el pueblo se dejó seducir por discursos de falso patriotismo y promesas aún por cumplirse, a tal grado que tres décadas atrás si acaso tres o cuatro “gatos” hablaban de censura. El tema ya era prohibido pero fundamentalmente desconocido por una sociedad aletargada por las mieles de la exuberancia soviética.

Tuvo que pasar lo peor, perder el aguinaldo y quedar atrapados en la ruina económica y moral para medir, hasta qué punto, el gobierno al cual entregamos nuestra soberanía está dispuesto a respetar que pensemos y actuemos con mecha larga.

Aprendida con sangre la letra, la censura, interpretada y denunciada desde disimiles posiciones e intereses en tribunas nacionales e internacionales, es una de las temáticas más abordadas y representativas de las problemáticas existentes en la Cuba de hoy.
No obstante, por mucho que se comenta, muy pocas personas tienen argumentos palpables que reflejen explícitamente el verdadero alcance de la censura. O sea, ¿hasta qué punto nos afecta con objetividad?

Algunos piensan que el principal termómetro sobre el asunto se encuentra en las pulsaciones de la sociedad, temerosa de abordar con criterio propio cuestiones definidas por el Estado de manera vertical. Pero que las personas se valgan a entre dientes del imaginario popular para tratar sus desacuerdos con el régimen, finalmente no es una forma de censura sino de auto censura y falta de carácter.

La gran oportunidad de quebrantar los grilletes oficialistas estuvo en las recientes elecciones para delegados de las Asambleas Municipales del Poder Popular, a las que asistieron más del 80 por ciento de electores a confirmar representantes estatales cuando cualquier cubano sabe, que si acaso, un 50 por ciento apoya el sistema de gobierno.

Conozco múltiples individuos que contra porrazos y todo tipo de artilugios en función de perjudicarlos, desde hace tiempo se mantienen firmes en la postura de creer y decir lo que sienten, ya bien mediante la prensa digital o cualquier otra plataforma que al final del trayecto encuentre destinatario.

Precisamente para silenciar esta plebe es que los círculos de poder castristas emplean mecanismos de censura, tan férreos y extemporáneos, que llaman la atención del mundo por encontrarse a la par de las grandes dictaduras mediáticas.

Paradójicamente, el artículo 53 de la Constitución cubana reconoce la libertad de expresión, pero solo si esta responde a “los fines de la sociedad socialista”. También garantiza que los medios de comunicación y difusión masiva son propiedad estatal.

Para calcular con veracidad cuanta censura condiciona el desenvolvimiento del periodismo en la isla, habría que sacar a relucir los análisis que alrededor del tema realizan año tras años diferentes Organizaciones No Gubernamentales –ONG- internacionales.
Por ejemplo, el Comité para la Protección a los Periodistas, con sede en Nueva York, da a Cuba el puesto nueve en la lista de diez países que más censura sufren, antecediendo a Bielorrusia.

Hasta el año 2012, en el que el gobierno permitió el acceso a Internet desde un servidor nacional, la isla ocupaba el sexto lugar de la negativa compilación. A pesar de ello el gremio neoyorkino estima que los precios para el acceso a la red de redes, donde se sitúa el mayor material informativo sobre la realidad cubana, son prohibitivos para la generalidad del pueblo.

Según la ONG francesa Reporteros Sin Frontera, Cuba es último país de América en cuanto a libertad de expresión, y en el índice mundial que publica sobre libertad de prensa, ocupa el sitial 179 entre 184 naciones.

De acuerdo a la misma ONG, el archipiélago constituye la segunda mayor cárcel de periodistas del mundo, solo superado por la república de China, socia estratégica del gobierno de los Castro de dónde además importan los dispositivos de vigilancia para las tecnologías digitales que ofrecen en servicio a la población.

Ambas organizaciones coinciden en que de manera oficial, la última muerte inducida de un periodista cubano ocurrió en el 2013.
Igualmente denuncian que todo tipo de actividad intelectual producida dentro del país, se encuentra bajo la directa supervisión estatal y necesita de la aprobación ideológica del Departamento de Orientación Revolucionaria.

Los problemas de censura no son exclusivos de la prensa. Con el propósito de que no exista manifestación capaz de arrojar luz, otros sectores intelectuales a lo largo de 54 años de Revolución se han visto disminuidos en su capacidad creadora.

Un claro botón de muestra es la situación de los cines criollos. Antes de enero de 1959 La Habana presumía 135 salas de cine, más que importantes ciudades vanguardistas como Nueva York o París. En la actualidad, aunque no aparece el dato preciso, solo una cuantas permanecen abiertas al público, aunque desde aquella época la población de la ciudad se ha más que duplicado.

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