Publicado: Vie, 24 Abr, 2015

Periodistas extranjeros en la odisea cubana

Tomada de la web-lucia newman

Lucía Newman

La Habana. En más de medio siglo de dictadura castrista, son muchas las historias de penalidades y dificultades contadas por periodistas extranjeros que han vivido en Cuba, como corresponsales de agencias de prensa acreditadas en la isla.

Dos de ellos que conocí personalmente y que permanecieron varios años en La Habana, narran a través de sus testimonios la odisea que afrontaron, puesto que, como señalan, ¨es mucho más fácil hacer periodismo en otro país que en Cuba¨.

La inglesa Lucía Newman, entonces con 45 años de edad, llegó a La Habana en 1997, donde estuvo trabajando nueve años ¨entre dos fuegos¨ para la cadena CNN, en pleno Período Especial, mientras los cubanos comían gatos y Fidel Castro permitía el trabajo por cuenta propia, para luego prohibirlo.

Confesó a El Nuevo Herald, a su salida de Cuba, que ¨dio lo mejor de sí en una labor profesional sometida al fuego cruzado de partidarios y antagonistas del gobierno y que tuvo que encarar historias cotidianas de fuerte dramatismo y tensión, como una manifestación de repudio a un disidente, hasta el desalojo de una familia por órdenes gubernamentales.¨

Confiesa Newman que ¨el sistema político es muy duro y vivir dentro de él tantos años, cuesta. Aún así, me cuidé mucho. No quería que me botaran. Me hubiera dolido mucho. Pero cada vez se me hacía más difícil hacer reportajes con buenas noticias de Cuba¨.

Al francés Bertrand Rosenthal lo conocí mucho más como corresponsal de prensa en La Habana. Frecuentó mi casa, muy interesado siempre sobre el trabajo que hacíamos los disidentes a favor de los Derechos Humanos en Cuba.

En 1993, junto a Jean-Francois Fogel, publicó el libro Fin de siglo en La Habana. Como señala su contraportada, un voluminoso tomo que brinda la investigación más vasta acerca del castrismo y la mortecina luz de su propio crepúsculo.

Lo primero que se señala en este interesante y ameno libro, es que el periodismo en Cuba es un arte minimalista, donde las leyes de Fidel Castro ordenan a todo ciudadano cubano respetar el secreto de las actividades políticas y económicas de su país y restringir los contactos con los extranjeros.

Fidel Castro veía a un agente de la CIA en cualquier persona nacida en otro país. ¿Cómo entonces podría trabajar un periodista extranjero, cuando se veía obligado a renunciar a los métodos de trabajo que se utilizan en el resto del mundo?

Era obvio pues que atreverse a publicar un artículo sobre la vida privada de Fidel Castro, era exponerse a no volver a trabajar en Cuba, señala Rosenthal.

Narra él y su colega en el libro, cómo sus viajes, recorridos y temas de sobremesa, servían para obtener, de forma muy calculada, estimular confidencias y entrevistas, puesto que lograr información inédita era sumamente difícil, cuando se trataba de fuentes oficiales.

Explican lo que sigue ocurriendo hoy: Los periodistas acreditados tenían la obligación de trabajar con los funcionarios del Ministerio de Relaciones Exteriores, encargados de establecer contactos con ellos y aceptar citas oficiales.

Lo peor de todo, destacan, es el control que el Servicio de Contraespionaje Cubano dedicaba a supervisar las actividades de los periodistas extranjeros, sin dejar de mencionar esos otros obstáculos para la búsqueda de la información, como por ejemplo: la lentitud de la burocracia, entrevistas canceladas, documentos que no existen o que son negados y mucho más.

Rosenthal permaneció en Cuba desde 1987 hasta 1992. Tal vez hoy, al cabo de veintitrés años, yo que lo recuerdo como periodista bien avisado que era, ya no se pregunte cómo terminará la experiencia revolucionaria cubana, con unas masas que dejaron de ser románticas y que renunciaron a seguir soñando hasta convertirse, según el propio régimen, en ¨indisciplinados sociales¨, porque ya saben que la Revolución las defraudó desde sus mismos inicios.

Fuentes utilizadas:

Entrevista de Wilfredo Cancio Isla a Lucía Newman, 2006, El Nuevo Herald.

Fin de siglo en La Habana, por Jean-Francois Fogel y Bertrand Rosenthal. Editado por Grupo Anaya, Madrid, 1993

Estoy segura de que estos periodistas sienten una gran gratitud por todos aquellos cubanos que de manera anónima o no, contribuyeron a que pudieran hacer periodismo en Cuba.

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