Publicado: Vie, 28 Ago, 2015

Cuando la prensa y los cubanos callaban

Granma del 28 de marzo del 2002La Habana. Un poco después del 8 de enero de 1959, fecha en que llegó a La Habana Fidel Castro, los medios de comunicación cubanos conocieron de una mordaza permanente y se exigió discreción a los cubanos.

Era mucho lo que se iba a ocultar.

Para los cubanos nunca fue fácil mantenerse con la boca cerrada, ser reservado y no comentar lo que se sabía.

Nuestro carácter y personalidad resultaba todo lo contrario, porque somos extremadamente sociables, alegres, honestos, sentimentales y sinceros y en muchos casos explosivos.

En las paredes de los centros laborales del país colgaban los letreros como recordatorios del Máximo líder:

La discreción es un arma de combate. O: La virtud de un revolucionario es ser discreto.

Eran muchos los letreros colocados sobre los escritorios de las dependencias estatales, en las puertas de los despachos, en los periódicos, revistas, canales de televisión, estaciones de radio.

Obligar a callar al cubano de a pie, no resultó fácil para el régimen castrista. A mentir, mucho menos. Los cubanos necesitábamos comunicarnos con las personas. No importa si se trataba de desconocidos.

Pero, ¿qué había que callar por aquellas primeras décadas de Revolución, en reuniones, pasillos o a través del hilo telefónico, sobre todo en la prensa, porque otro letrero que nos persiguió día por día era: El enemigo puede estar en cualquier sitio?

Y como el enemigo estaba en cualquier sitio, no se podían publicar de cifras de los fusilamientos a los adversarios políticos, el número de presos políticos, de prisiones en la isla, las guerras secretas de Fidel Castro en numerosos países, la participación de Cuba en todas las guerrillas latinoamericanas, creándolas en muchos casos, el malabarismo que hacía el régimen por el mundo en busca de moneda dura, las violaciones a los Derechos Humanos.

Como tantos otros líderes del Movimiento de Derechos Humanos en Cuba, que fueron a prisión por sus opiniones, Elizardo Sánchez Santa Cruz, fue condenado a dos años de cárcel por ser sincero ante la prensa internacional y expresar su desacuerdo ante el fusilamiento del general Arnaldo Ochoa, en 1989.

Los periodistas del régimen no analizaban y mucho menos indagaban. Decían lo que los dirigentes le decían que dijeran. Así fue durante muchos años.

Pero, ¿realmente aquella política de discreción en las altas esferas del gobierno ha desaparecido, puesto que el sucesor del dictador se ha referido en varias ocasiones a la necesidad de decir la verdad, de escribirla en la prensa, de ser sinceros?

¿Será que en vez de mentir, ahora calla la prensa?

Un ejemplo lo tenemos por estos días. ¿Por qué no se explica el inesperado desabastecimiento de las tiendas recaudadoras de divisas? ¿Por qué la libreta del cubano de a pie está en sus peores momentos?

Se comenta que el régimen tiene miedo a que las masas expresen  su descontento al nuevo Papa. No olvidemos que ante Juan Pablo II, en 1998, las masas clamaron por libertad.

Alguien de mi barrio me dijo por estos días que si no hay comida en estos momentos, la habrá unos días antes de la llegada del nuevo Papa.

Estrategia de los comunistas en el poder, que saben, mejor que nadie, que con un empujoncito de las masas, el viejo andamio que sostiene a la vieja dictadura castrista, se vendría abajo en pocos segundos.

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