Publicado: Vie, 21 Ago, 2015

La lección de Obama

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Foto tomada de Internet La Habana. Una y otra vez el presidente de Estados Unidos, el señor Barak Obama, demuestra que es un político del siglo XXI, y que no necesariamente hay que ser comunista o pertenecer a alguna de las tendencias populistas para romper con las agendas más tradicionales y conservadoras y alinearse a las exigencias de las masas sin poder político.

El ascenso a la Casa Blanca del también Nobel de la Paz marcó un hito en los anales de la nación norteamericana, particularmente por el color de su piel, origen étnico y el discurso progresista que utilizó para cautivar a la mayoría del electorado.

Inmerso ya en el último año de mandato, se irá sin poder cumplir algunas de sus promesas fundamentales de la etapa de candidatura, como son el cierre de la cárcel en la Base Naval de Guantánamo y el regreso absoluto de las tropas estadounidenses en Iraq y Afganistán.

No obstante, y a pesar de encontrar en el camino la resistencia de la oposición natural y de algunas figuras de su propio partido en la concreción de estos proyectos, lega la reforma realizada al sistema de salud, conocida como Obama Care, beneficiaria de los segmentos poblacionales menos favorecidos; la reforma migratoria que ayudó a más de cinco millones de emigrantes ilegales y, lo que constituye su principal herencia política y quizás la decisión más relevante de la política exterior norteamericana en los últimos años: el inicio de un cambio de política con respecto al “tema” Cuba.

En junio pasado el líder de la primera potencia mundial dio una nueva lección de cómo proceder cuando se pretende obrar para una verdadera democracia. Específicamente el día dos, signó una nueva ley que por vez primera después del 11-S limita los poderes operativos de la Agencia Nacional de Seguridad –NSA, por sus siglas en inglés-, quien deberá abandonar los programas de espionaje en territorio nacional.

La NSA se había mantenido a cargo, desde los comienzos de siglo, de un sistema de vigilancia masivo  nunca antes visto en la historia de la humanidad. En nombre de la seguridad nacional, rastreó comunicaciones, vigiló llamadas telefónicas, gastó más de 300 millones de dólares para influir en los diseños tecnológicos de los grandes fabricantes de equipos de telecomunicaciones, craqueó comunicaciones encriptadas y espió las conversaciones de líderes internacionales de la talla del Primer Ministro del Reino Unido James Cameron, la canciller alemana Ángela Merkel  y la presidenta brasileña Dilma Rousseff.

El suceso significa la derogación de la controvertida Patriot Act, para dar paso a la USA Freedom Act, y aunque en la práctica tan solo cambie la letra de una canción que sigue tocándose con la misma partitura –el espionaje fuera de EUA prosigue y tendría que verse si internamente se cumple lo proscrito-, en teoría la ley existe y es bastante elocuente en cuanto se refiere al respeto por la ciudadanía de ese país.

En gran medida, el cambio de legislación se debe al llamado “efecto” Snowden, en alusión a las derivaciones surgidas de la filtración de documentos clasificados sobre el asunto, realizadas por el analista norteamericano Edward Snowden, hoy refugiado en Rusia.

Las publicaciones de Snowden hicieron visibles las acciones de los servicios de inteligencia estadounidense, quienes tenían acceso pleno a los servidores de las empresas de telecomunicaciones. De esta forma se pudo comprobar que nuestra seguridad digital es tan robusta como la tela de una cebolla.

Entre los grandes de Silicom Valley que colaboraron con el espionaje se encuentra AT&T –American Telephone and Telegraph-.

Por suerte para el mundo, los servicios de inteligencia del régimen cubano no tienen las mismas herramientas tecnológicas para escrutar las telecomunicaciones internacionales, ni el poder económico para comprar la sumisión de las empresas que controlan los servidores en el ciberespacio.

Sin embargo, el espionaje dentro de la isla se vive a tiempo completo. Con el Estado como único proveedor tecnológico para las telecomunicaciones, los servicios de inteligencia gozan de todas las facilidades para interferir y vigilar las comunicaciones que se generan en el país o que llegan del exterior.

No es casualidad que el Departamento de la Seguridad de Estado –DSE- conozca de ante mano muchos de los movimientos que planifica la oposición criolla. Es demostrativo, además, que usen los servicios de telefonía móvil y de mensajería Nauta para localizar la ubicación de periodistas independientes y miembros del activismo disidente en general.

La monopolización del espacio virtual permite extraer informaciones puntuales para el régimen, y controlar los contenidos que podrán verse allí –la mayoría de carácter periodístico-, donde se libra la principal batalla en su contra.

Por tal motivo el estado cubano declinó la oferta del gigante Google, el cual había ofrecido de manera gratuita, conectar a la isla a la red de redes. A Google no podrían espiarlo, de acuerdo al nivel tecnológico de las telecomunicaciones al alcance de los servicios de inteligencia.

Dadas las circunstancias, sería muy oportuno que  Raúl Castro aproveche la nueva cercanía con el Tío Sam e importe la normativa implementada por Obama, como una muestra de buena voluntad que afiance el proceso de restablecimiento de relaciones bilaterales entre los dos países.

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