Publicado: Mar, 29 Sep, 2015

Era de esperarse

El Papa y el dictador cubano Miami. Como era de esperarse, luego de su confabulación con el presidente Barack Obama, en apoyo a las unilaterales concesiones hechas por la actual administración norteamericana al tirano Raúl Castro, la visita del Papa Francisco a Cuba dejó un amargo sabor en muchos de los cubanos que ansiamos la libertad de nuestra Patria.

Doloroso fue ver  entre las manos redentoras del Santo Padre, la mano del más despiadado dictador que ha padecido pueblo alguno en la historia  de América Latina.

Fue un acto de sumisión a un dictador que, por la vileza de sus acciones, se ha ganado un lugar de  honor en el purgatorio.  Y una gran humillación, sin conciencia ni respeto alguno para las víctimas, de manera especial  para la honrosa legión de héroes que en nuestro país,  abrazados con amor a los destinos de su pueblo y a la voluntad de Dios, se enfrentaron a las balas asesinas con que miserablemente se les arrancaba la vida, con el grito de “Viva Cristo Rey”.

Al querer con su visita a Fidel Castro, dejar clara constancia de su encumbrada admiración por el viejo caudillo de la Sierra Maestra, probablemente sin que esa fuera su intención, hizo el Santo Padre causa común  con los esclavizadores del pueblo de Cuba. Se apartó de los sentimientos del pueblo; de la urgencia de paz y comprensión. Y negó la esperanza que ofrece la justa solidaridad, que aunque en muchos casos se reduce a un apoyo simplemente simbólico, alimenta los corazones y da fuerzas renovadoras al espíritu.

No. No estamos satisfechos, ni hay justificación capaz de endulzar el acíbar de las frustraciones que ha dejado la visita del Papa Francisco a tantos de la Isla que no acudieron al saludo callejero.

El cubano es un surtidor de nobleza y de generosidad, sabe bien distinguir entre las bondades y la misericordia de un Dios amoroso y justiciero y  los intereses del representante de  una institución que no siempre es capaz de empinarse a la altura de las circunstancias, como hemos podido apreciar en los días actuales.

No, lamentablemente ha caído el telón de este triste teatro y en las graderías, lejanas al círculo de la plaza sitiada, a donde sólo tuvieron acceso los incondicionales del régimen y su nutrida policía política, una gran parte del pueblo no ha encontrado razones para aplaudir.

Lamentable ha sido la actitud del  Santo Padre, vergonzosa la amabilidad del representante universal de la Iglesia Católica con quienes representan en nuestro país las fuerzas del mal.
Si ante tan reprochable actitud quisiéramos ser generosos y entender como prioritaria la agenda de intereses con que llegó a tierras cubanas el Papa Francisco, tendríamos que engañarnos a nosotros mismos y culpar su  insensibilidad con la tragedia cubana, a una supuesta falta de memoria histórica relacionada con los crímenes de la tiranía.

Después de escuchar en sus propias palabras que no había ido a Cuba a hablar del pasado, no queda mucho espacio para las interrogantes.

No hay ninguna razón para creer que, debido a su exceso de trabajo religioso, no hubo una revisión  de los acontecimientos de los años pasados, cuando el régimen dictatorial de los Castro proclamó en su constitución ser un Estado ateo y activó todos sus mecanismos de represión, con el fin de atomizar a la Iglesia Católica,  puesto que en este largo peregrinar por América,  ha dejado constancia de su buena salud espiritual y su dinamismo físico.

Pienso mejor que se trató de una errada conclusión sobre la actitud política que debía tomarse, en función de unos pocos mendrugos de tolerancia para que sobreviva en Cuba la Iglesia Católica y pueda desarrollarse.    Probablemente, a la hora de tomar estas controversiales decisiones, hizo el Papa la valoración de que el pasado  de esta era castrista, crucificado nuestro pueblo en la horrenda cruz del  ateo y perverso comunismo, no era un tema adecuado  a tratar, si se intentaba confraternizar y otorgarle un perdón a los crímenes de la tiranía.

Doloroso debiera de ser para los católicos de nuestro país (y de todo el  mundo) que coincidiendo con su visita a Cuba, se cumpliera el 54 Aniversario de la injustificada expulsión de la Isla de más de un centenar de representantes  de la Iglesia Católica, entre ellos el Monseñor Eduardo Boza Masvidal,  y que Su Santidad no haya dedicado un comentario de pesar por tan deplorable acto.

Doloroso fue para las Damas de Blanco y el resto de los representantes de la Oposición Pacífica, que luchan por la felicidad, el progreso y la paz de todas las familias cubanas, conocer la negativa del Santo Padre para recibirlos y escuchar sus reclamos de libertad, el cese de los encarcelamientos arbitrarios, de las sistemáticas violaciones a los Derechos Humanos.

Antes de concluir, no podía dejar de felicitarlo, con sincera humildad por su valerosa iniciativa, aunque pudo haberlo hecho en Cuba también, de pedir durante su visita a los Estados Unidos el cese de la aplicación de la pena de muerte. ¿Por qué no lo hizo en Cuba? ¿Por qué no pidió tolerancia y respeto para los que no comparten los mismos criterios políticos del gobierno; voluntad y buena intención para una más justa repartición de bienes entre pobres y ricos en Cuba también, donde todas las riquezas y los privilegios están en manos de los Castro, de sus familiares y amigos, que gozan de los altos cargos de la nomenclatura gobernante,  de los generales que controlan la industria y la economía?

Gracias, finalmente gracias, por sus justos reclamos en la hermosa patria de Abraham Lincoln, cuna de la libertad y de la democracia, de encontrar soluciones que permitan la reunificación de la dispersada familia de indocumentados, aunque pudo haberlo hecho también en  mi país, donde casi dos millones de cubanos viven errantes por el mundo, obligados a abandonar su Patria y a sus seres queridos,  como única alternativa de escapar a la persecución,  a la vida sin rumbo ni destino  y a las miserias impuestas por la tiranía comunista de Cuba.
Septiembre 2015

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