Publicado: Mar, 29 Sep, 2015

Lima como una esperanza

IMAG0769 La Habana. Un sistema político aplicado al gobierno de una nación sólo tiene sentido cuando favorece la prosperidad y el bienestar de sus ciudadanos. Y ambos conceptos de progreso no deben emplearse de acuerdo a un ejercicio inconsulto, al criterio de unos pocos. Nadie es capaz de saber y prever qué es lo que necesita cada miembro de su sociedad, qué querrá para sí y para su tiempo en el futuro el que aun no nació. En ese error de soberbia se incurre aplicando una fórmula rígida, con pretensiones de inmutable, y haciendo énfasis en el control desmedido para que se cumpla a capricho.

Así que cuando la irrealidad que produce ese empeño trasnochado intenta permanecer en un mundo que cambia constantemente, el trastorno es atroz para los que se ven forzados a vivirlo. Y la sociedad a la que aun se da por sentado que se está beneficiando, termina lastimada y sin esperanza.

Quizá por eso el viajero que llega de una sociedad como esa, lacerada por la utopía, las primeras impresiones que le produce al gigantesco aeropuerto “Jorge Chávez” en la capital peruana son completamente opuestas. Catalogado como uno de las 17 terminales aéreas líderes del mundo, y en 2013 el mejor de América del Sur, la primera impresión que le deja, la más permanente, es de gozoso descubrimiento. Acostumbrado a la inmutabilidad, a la rutina en círculos de su sociedad, el asombrado viajero se encuentra que esa América Latina pobre y atrasada que durante tantos años le metieran en la cabeza a base de propaganda y desinformación, ya no lo es tanto.

Pero el hallazgo también le cobra en sus ánimos. Esa modernidad, limpieza y luces, que dan un avance de lo que verá después, inevitablemente le hace comparar con lo que conoce. Y su propio escenario nacional, el que tuvo permanente por muchos años, comienza a salir perdiendo.

Estas primeras impresiones se consolidan en el trayecto al hotel donde se alojará por pocos días. Aunque es noche cerrada, le asombra la iluminación citadina que no cesa en todo el trayecto de cerca de media hora. La carretera que bordea el mar tiene dos grandes vías en los dos sentidos, y pese a lo tardío de la hora, por ellas corren, a todo lo que permite la vista, decenas de vehículos tan modernos como el que le transporta.

Y una vez que ingresa en el barrio de Miraflores, el que conoce por novelas del Nobel de Literatura Vargas Llosa, se le revela que tampoco hay rincones oscuros, ni basura desperdigada en las esquinas, ni hedores, ni baches que disminuyan la marcha veloz del moderno vehículo que lo transporta.

La avenida “José Larco”, honrando a un destacado ciudadano limeño del siglo XIX, está en bullicio de transeúntes y anuncios restallantes por doquier. Pero esa visión dura apenas unos minutos, pues de inmediato se llega a un pequeño y cómodo hotel de aledaña calle San Martín.

Muchas son las preguntas que se le ocurren al admirado viajero cuando vaga por la urbe, como un limeño más. Todo lo impresiona. La gigantesca ciudad de unos 9 millones de habitantes parece crecer por días ante sus ojos. Decenas de nuevos y gigantescos edificios de apartamentos y oficinas se levantan por doquier. Es una retahíla de modernidad y pujanza, y pareciera que constantemente se elevan nuevas torres en construcción. El tráfico es tan nutrido que ocurren breves tranques en las numerosas grandes avenidas que se entrecruzan en San Miguel. Pero nadie grita improperios ni agota estridentes bocinazos. Se espera un poco y de inmediato continúa el flujo del tránsito.

Los limeños son muy educados, y hasta solícitos, no importa que sean profesionales, choferes, porteros o humildes vendedores de frutas o baratijas callejeras. Al viajero le asombra la cantidad de veces que él mismo da las gracias, tan poco acostumbrado está a corresponder y ser correspondido cortésmente. Muchas de las personas que encuentra están satisfechas con sus vidas, ven con confianza el futuro muy próximo y creen en mejoras personales y progreso posible y materialmente realizable. Y sus opiniones sobre lo que los rodea son manifestadas sin tapujos o miedo, incluso a diario por todos los medios de prensa, sin que se salve de la crítica ni siquiera la misma presidencia de la nación. Es una sociedad abierta y crítica de si misma, como debe ser.

Pero quizás la impresión más importante de todas las que recibe el visitante sea la esperanza. Es algo muy estimulante, que al parecer irrumpió para quedarse en los ánimos del que muy pronto retornará a la utopía. En las últimas horas que le quedan en esa ciudad que representa un país que avanza a ojos vista, comienza a pensar en su pobrísima patria y que quizás, sin que aun nadie pueda delimitarlo con claridad, ya comenzó a marchar por el camino que representa la esperanzadora Lima.

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