Publicado: Vie, 25 Sep, 2015

Periodista del exilio

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Luis Aguilar León poco antes de morir La Habana. Hacia el exilio político de Estados Unidos marcharon largas filas de periodistas cubanos, cuyas voces eran conocidas en toda la isla durante la República. Periodistas que hacían gala de un oficio sumamente arriesgado y que supieron mantenerse por su veracidad en su trabajo, su amor al periodismo y su dignidad de buenos cubanos.

Nombrar a los más destacados es tarea difícil. Pero la lista la pudiera encabezar Jorge Mañach, Luis Aguilar León y muchísimos otros. Por qué se fueron todos, es obvio. Se trataba de hombres que habían ejercido su profesión en democracia y sin democracia no podían vivir. No tenían vocación de rebaño.

Querían ser periodistas libres.

Comenzar esta crónica con Luis Aguilar León -1925-2008-, sería el mejor de los aciertos. Como muchos otros, este profeta de la política y de las letras, supo de tal manera conocer a fondo el dilema que vivía Cuba, que hoy sus artículos pueden ser fácilmente guías del conocimiento para analizar en qué consiste la libertad de expresión, cuando es verdadera, pues la concibe “no como una prerrogativa o dádiva de nadie”.

Mejor que hablar sobre este culto y clarísimo cubano, hay párrafos suyos que nos dan toda su dimensión.

Se refirió a la unión y la tolerancia entre todos los cubanos para una verdadera sociedad libre y al ahondar sobre la unanimidad, implantada por Fidel Castro, lamentó que desaparecieran las voces discrepantes, la crítica, las refutaciones políticas, tan necesario en cualquier sociedad, como igualmente pensó en años atrás aquel otro periodista y maestro de ideas, Juan Gualberto Gómez.

Criticó con dureza, desde su destierro, el guía único que enarbolaba una sola consigna, una rígida obediencia, “porque la unanimidad es peor que la censura, puesto que nos obliga a callar”.

En su libro Subestimar a Castro es marchar hacia el desastre, una compilación de sus artículos publicados en el Diario las Américas de Miami, Florida, y editado por Freedom House de Estados Unidos, Luis Aguilar León examina aspectos muy importantes sobre la transición a la democracia, en los momentos en que se derrumbaban los regímenes socialistas del Este Europeo.

En esos artículos, hizo énfasis en que el exilio mantuviera una ética, sobre todo una ética grupal, con su estructura moral, con su dolor y coerción. Aclaró, como nadie, que el exiliado parte porque lo obligan  “o se obliga a partir, como índice de rebeldía, con dolor grupal, colectivo, porque marcha en oleadas ante la represión política”.

Halló la diferencia justa entre emigrado y exiliado cuando dijo que “el emigrado vuelve a su tierra cuando logra mejoría económica y el exiliado no vuelve  mientras no desaparezca la condición de oprobio que lo obligó a partir. Aún si lograra éxito económico, no regresa a su tierra, porque su objetivo principal es lograr que su país disfrute de libertad”.

En su artículo sobre Fidel Castro, Aguilar León utilizó la antigua historia de la batalla entre el general romano Escipión y Aníbal. También Batista había subestimado en 1956 al joven político de Birán, que cuatro años antes había fracasado como aspirante a representante, con el golpe de estado de 1952. Lo llamó “un bandolero de la Sierra”, como luego fueron llamados por Fidel quienes combatían su comunismo en el Escambray.

En el mismo artículo, Aguilar León se refirió al verdadero fracaso de Fidel Castro como gobernante: “El desastre de su economía, el descontento de una población silenciada a golpe de amenazas y terror” y ve, desde lejos, y muy claramente, que el dictador cubano está bajo un jaque muy serio, aunque ese jaque aún no es mate.

Además, comprendió el periodista, mejor que nadie, “que estamos ante un individuo delirante, capaz de quemar su isla si ve en peligro real su imagen de gloria, algo más importante para él que la lógica”.

Y termina diciendo: “Aníbal fue derrotado en Zama, Hitler en su búnker de Berlín en ruinas”.

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