Publicado: Lun, 26 Oct, 2015

Clasificados a lo cubano

Imagen 009 La Habana. En la Cuba de último minuto puede ser más importante atender a los letreros en las paredes que a las “mismísimas” señalizaciones del tránsito –salvando las lógicas distancias-. El sarcasmo detrás del punto es que, cualquiera de esos carteles, también puede “salvar” nuestro día. En ellos aparecen anunciados muchos de los productos y servicios que nos urgen pero que a veces se vuelven ilocalizables.

A todas estas, tampoco parecen factibles los espacios que se va robando la versión criolla de “Clasificados”. De manera simplificada, esta modalidad de anuncios se revela como una especie de performance que reboza de excesos sobre lo que realmente resulta necesario o artístico, hasta convertirse en una malformación interpretativa de las manifestaciones que llegan del exterior acerca de este ejercicio.

Con razones de más o de menos –quizás–, se establece una sincronía de tendencias negativas que comienzan a aflorar de dichas publicitaciones informales, y que encuentran soporte en códigos visuales tan perceptibles que progresivamente se arraigan. Entre las preocupaciones que el tema suscita, se advierten dos anversos fundamentales: la ruptura con la armonía arquitectónica y la transgresión gradual que sufre el lenguaje.

Cierto es que lo que no se anuncia no se vende pero, ¿no se debería controlar un libre albedrío que influye controversialmente en el entorno social de los cubanos?

El ingenio nunca puede medirse con normas estrictas–diría yo desde mi humilde apreciación–, pues sería ponerle fronteras a la única garantía innata de la humanidad para lograr el progreso. Sin embargo, todas las sociedades del mundo se proveen de reglas que las protegen de cualquier anarquía en pos de proponer una convivencia ordenada, y la nuestra no debe continuar al margen.

Es competencia del Estado regular las violaciones al tópico arquitectónico. Su complacencia evidentemente dificulta el uso de espacios públicos aunque al margen de lo que se puede o no puede hacer, las personas en ocasiones también rebasan las líneas de la necesidad, provocando incluso el desastre. Aunque en una situación diferente, recordemos el móvil que produjo en julio pasado un derrumbe en La Habana Vieja donde perdieron la vida varios seres.

Mi enfoque se concentraría en las moderaciones exponenciales que amenazan con engullir la correcta utilización del lenguaje –por todo lo que modifica esto sí es de interés y competencia de cada ciudadano–, surgidas básicamente, de los carteles y letreros empotrados en paredes, postes y cualquier sitio visible a las concurrencias.

Es sabido que el hombre constantemente incorpora nuevas variantes que aceleran los procesos comunicativos. En el caso cubano, muchas de las versiones pasan por esa sapiencia proverbial y refrescante que solo sabe aventar el populacho. Se pudiera decir que nuestros “Clasificados” se entrelazan por antonomasia con los tradicionales pregones.

De las formas más ingeniosas he observado cómo se avisa cuánto se compra o se vende, o de cómo se muestran referencias al visitante “mal ilustrado” con redirecciones sencillas al estilo de “se acabó”, “después o antes de…”, “hoy no fío, mañana sí”, etc.

No obstante, amén de lo útil y simpático, nada más peligroso que los errores gramaticales, ortográficos, interpretativos y de múltiples órdenes que aparecen en el contenido de estos carteles.

La experiencia de cuánto puede sufrir nuestra lengua la vivimos desde la implosión del reggaetón en la isla. Palabras y términos que ni siquiera se recogen en las investigaciones y publicaciones lingüísticamente autóctonas, florecen como herramientas expresivas –y no me refiero a aquellas palabrotas que en conjunto hemos denominado “malas”- en el acervo cultual de las generaciones más vulnerables por rangos de edad –los más jóvenes- y niveles de exposición a la extrapolación del lenguaje.

Ejemplos alrededor de este asunto sobran en nuestras calles, uno de ellos me llamó la atención por la conjugación de errores ortográficos y el uso del vocabulario. Decía: “Ángel el 3men2 cerragero pincha de 8 am a 5 pm. Calida a pululu”.

La aparición de este fenómeno se vincula al crecimiento de la actividad económica independiente, dependiente en cierta forma de la publicidad. Y su problemática tiene génesis en la realización del producto –anuncios-, materializado por una masa en general desprovista del conocimiento imprescindible para deambular el mundo del marketing.

No existen estudios especializados sobre lingüística que avalen una probable trascendencia negativa, como tampoco acciones o pronunciamientos que prevengan, se conviertan en crónicas las aberraciones del lenguaje que a menudo se encuentran en los anuncios de particulares.

Pero dado el momento histórico, de reordenamientos basados en prácticas capitalistas, a modo de precaución sería oportuno aplicar la misma fórmula y permitir que recaiga en manos de profesionales la divulgación de ofertas, tal y como sucedía antes de 1959.

A nivel mundial, los anuncios de gran escala que buscan atraer la mayor cantidad de clientes, son cubiertos por los medios de comunicación a través de las tres variantes llamadas tradicionales: la radio, la prensa y la televisión.

Sería factible para todos que la prensa nacional recobrara el protagonismo que alguna vez tuvo con respecto al tema, y que encauce de manera responsable el rescate de las buenas expresiones y mensajes. En el país solo circula una publicación especializada de clasificados, llamada Ofertas, concebida por el oficialismo apenas unos meses atrás, pero sus tiradas no ven la luz con la regularidad planificada y tampoco abarcan la demanda real. Otros medios, como el diario Trabajadores, anuncian en espacios escuetos plazas vacantes en centros de trabajo que son de interés para el gobierno.

La prensa independiente bien podría aprovechar la ausencia que brinda el sector oficial, y crecer con el trabajo multidireccional. Secciones de este tipo son infaltables en los grandes medios internacionales. De paso, contribuiría oportunamente a educar sobre el uso de lo que constituye el legado más añejo que conoce la humanidad: el lenguaje.

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