Publicado: Mar, 20 Oct, 2015

La aventura hegemónica de Rusia

tomada de internet La Habana. Rusia continúa atrapada en la vieja tradición imperial. El viejo ideario imperialista del zarismo que pasó a la nomenclatura del Partido Comunista, y ahora a una oligarquía capitalista que empuja para restaurar el frustrado espíritu de una Gran Rusia.

En 1991 llega el fin de la”Patria de los Trabajadores Mundiales”. Y en la disyuntiva de emprender el nuevo e inestable camino de la construcción de una democracia y el peso de la inercia del autoritarismo finisecular, triunfó el segundo. Esta concepción, basada en la preponderancia de retomar la imagen una gran potencia con fueros mundiales, parece amalgamada al ideario que el pueblo ruso tiene de sí mismo. A todas luces, en la idiosincrasia nacional y en su proyección internacional permanece inmutable el apoyo mayoritario a la nueva oligarquía que los conduce hacia esa visión.

Sin embargo, y al igual que sus predecesores modelos, pese al sostenido desarrollo militar que se promueve para dar sustento a tales pretensiones, el actual tiene insoslayables problemas estructurales y serias carencias de sustentabilidad para el costoso papel extemporáneo que se asigna. Su economía es la prueba. Comporta una configuración de país subdesarrollado, basado en la exportación de materias primas (fundamentalmente petróleo y gas) y la importación de productos con alto valor agregado (en especial tecnología).

Rusia posee un PIB de unos 2000 trillones, la mitad que China, y hace años redujo drásticamente los anunciados planes para invertir un billón de dólares en la obsoleta infraestructura nacional.

Como palpable consecuencia, el valor del rublo continúa a la baja en relación al dólar y la población del gran país euroasiático siente el peso creciente de esta diferencia en la reducción del apenas recién acostumbrado consumo a niveles occidentales y el impacto de la inflación. Esta desestabilización va en constante aumento, sobre todo como resultado de la combinación entre la baja del precio del petróleo en el mercado mundial, el oneroso costo del aventurerismo militar y las sanciones impuestas por Occidente por la escalada imperialista contra Ucrania.

El episodio irresoluto con Ucrania constituye un elemento clave para el sostenimiento de ese proyecto nacionalista e imperial. Está fundamentado en un centro geopolítico dirigido a influenciar en la zona europea, no en su mayoritaria área asiática. Pese a la anexión forzosa de Crimea y el separatismo que promueve en la zona oriental de Ucrania, el fin del ciclo satelital de ese país en torno a Rusia es un hecho incontrovertible. Lo confirma un sólido apoyo popular al nuevo gobierno de esa república, inclinado definitivamente a la integración con la Unión Europea y al alejamiento de la tradicional esfera de influencia del Oso Ruso.

Esa pérdida aproxima demasiado la frontera de influencia de la Unión Europea y la concepción disuasoria de la OTAN a las ambiciones geopolíticas del montaraz Moscú imperial y al expansionismo e influencia que considera como vitales.

Y en este escenario de ostensible inestabilidad del modelo proyectado, y pese a no contar con la anuencia del Consejo de Seguridad de la ONU, la oligarquía rusa se lanza en otra aventura militar más allá de sus fronteras. Con apoyo aéreo intenta evitar la caída del ya muy debilitado régimen sirio de Al Asad. Rusia proyecta su inesperada movida como una acción responsable de gran potencia contra el expansivo terrorismo del Estado Islámico. Es un gran despliegue mediático que pretende anular el resultado militar del sostenido esfuerzo en ataques aéreos que por más de un año los aliados occidentales mantienen sobre las fuerzas de EI.

Rusia intenta sostener el impopular régimen sirio con la velada intención de preservar su único aliado y la base militar y de espionaje electrónico que posee en la región. Además, busca recobrar la imagen de liderazgo mundial a la que tanto apego tiene el idealizado modelo pan-ruso, sobre todo después del deterioro que sufriera en el escenario ucraniano.

De perder el poder Al Asad, es poco probable que tanto EI como las facciones armadas moderadas que luchan por derribarlo toleren que esa base continúe en manos rusas. Y Moscú perdería su capacidad de control e influencia directa en la zona. Sería un golpe demoledor a sus ambiciones de gran potencia.

La nación siria está desgarrada por una atroz guerra fratricida de casi un lustro. Y una de las razones principales por la que este conflicto se extendió tanto tiempo es porque Rusia, a la par de China en el Consejo de Seguridad de la ONU, hace cuatro años impidió cualquier resolución de apoyo inmediato al pueblo sirio, bombardeado por su propia aviación militar a las órdenes de El Asad.

Con esta nueva aventura militar, probablemente Occidente tiene en cuenta que la arrogancia e interés hegemónicos rusos podrán empantanarlo en un aun mayor desgaste económico del que ya puede permitirse la nación euroasiática. Al parecer, de nada sirvió la caída del modelo imperial ruso anterior con el fracaso de otra escalada militar, la invasión a Afganistán en 1980. La Gran Rusia del presente parece estar buscando ese mismo destino.

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