Publicado: Mar, 20 Oct, 2015

Los pecados de los pueblos

Foto tomada de Internet La Habana. Emprender una aproximación a los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki puede parecer algo ya pasado de fecha. Mas, por su aun presente magnitud histórica y la manipulación de la culpa que provoca, impulsa a abordar el tema y analizar un poco el terrible evento y la responsabilidad de los que lo provocaron.

Es difícil expresarlo tan crudamente, pero el pueblo japonés de entonces se equivocó. Durante años, antes del inicio de la 2da Guerra Mundial y como una norma general, las tropas japonesas ocuparon, mataron, saquearon, torturaron, vejaron y quemaron ciudadanos, poblados, campos y ciudades chinas. Nanking, entonces la capital de la nación invadida, sufrió tres semanas el salvajismo desenfrenado de la soldadesca extranjera. Sólo allí asesinaron unas trescientas mil personas, y en el transcurso de la guerra en ese machacado país, entre seis y ocho millones de ciudadanos chinos. Y en toda el área del Pacífico ocupada, al igual que los nazis en Europa, dejaron unos veintisiete millones de víctimas mortales, la inmensa mayoría civiles, además de devastación, miseria y horror.

El pueblo japonés se mostraba indiferente a estas matanzas. Aunque se aceptara que desconocía lo que en ultramar hacían sus parientes masculinos movilizados en las tropas imperiales, es algo muy dudoso de creer. Por años llegó a sus hogares el fruto del saqueo al que eran autorizados a librarse sus hombres. Nunca se preguntaron de dónde salían tales lujos. Nunca se protestó públicamente contra esta alarmante señal. Sin embargo, lo sabían. Lo demuestran las cartas personales de los soldados japoneses, las que fueran mostradas como pruebas de estos crímenes ante el Tribunal Internacional para Crímenes de Guerra celebrado en Tokio al finalizar el conflicto bélico. En un lenguaje descarnado e indiferente sus parientes narraban las barbaridades que emprendían a diario. A los censores militares lo único que les preocupaba eran las locaciones donde se escribían dichas cartas, las que diligentemente hacían ilegibles. Así que esa barbarie era vox populi.

La resistencia suicida a la que los militares y la familia imperial compulsaron a la nación llegó hasta el punto de preparar al país para una guerra a muerte con la población como baluarte. Después de innumerables atrocidades y crímenes contra la Humanidad, los militares japoneses no aceptaban el término de “rendición Incondicional” que les imponían los aliados. Desmintiendo las teorías de que Japón ya se iba a rendir, el general Hata, el mismo que permitió la matanza de Nanking en China, preparaba la isla de Honshú, la mayor del archipiélago japonés, en una defensa escalonada muy similar a la que prepararan antes en Iwo-Jima y Okinawa. Los civiles serían la carne de cañón, armados con lanzas de bambú y flechas, ante la ofensiva final aliada. Nadie del pueblo japonés protestó ni se rebeló contra esta locura que, de efectuarse la invasión aliada, costaría la vida a unos ocho millones de civiles movilizados y un millón de bajas a los aliados. Aceptarla con fanatismo les costó dos bombas atómicas.

Sin embargo, fue la última la determinante para el alto mando nipón. Poco sensible con las bajas civiles, como lo demostrara por años ante los bombardeos rasantes de la aviación norteamericana sobre ciudades japonesas, lo que realmente lo sacudió fue el resultado de la segunda explosión atómica, la que borró de golpe a 70, 000 soldados de las nuevas unidades de infantería de marina desplegadas en un campo de entrenamiento en Nagasaki.

El pueblo japonés se equivocó cuando se dejó arrastrar por una arrogancia nacionalista suicida, cuando no se sobresaltó con las invasiones de sus ejércitos a territorios asiáticos vecinos, cuando a sus humildes casas llegaba el resultado del saqueo de esos pueblos, cuando conocían las atrocidades narradas con indiferencia por sus hombres en guerra.

Sin dudas, las bombas atómicas fueron un hecho horroroso a escala humana, pero entre la duda de que murieran millones de isleños sacrificados por el empeño fatuo de sus líderes no reconocer la derrota de la nación imperialista y criminal, , y que el sangriento conflicto se extendiera un año y medio más, con bajas de un millón de soldados aliados, la cruel lógica de la guerra se impuso y abrió paso al Apocalipsis creado por los hombres.

Sí, los pueblos se equivocan. Cultos y refinados como japoneses y alemanes, campesinos como rusos y nicaragüenses, dicharacheros y ligeros como cubanos y venezolanos, o pagados de sí mismos y de su propia historia como los griegos. Todos se equivocan en algún momento de su proceso histórico, y apuestan por abandonar el camino armonioso del progreso y la libertad para tomar un trillo que conduce a una situación peor de la que pensaban emerger. Los pueblos también tienen responsabilidad con los malos gobiernos que le abruman e impiden progresar. En su ordalía se les olvida que a esos dictadores ensoberbecidos de poder, que los manejan como siervos y arruinan su patrimonio patrio, primero se les entregó ciegamente esa omnímoda facultad de mandar a capricho hacia una fatalidad irreparable. Por nuestra parte, sería sano que no se olvidara que en octubre de 1962 pudimos haber sufrido una experiencia final, mucho peor que la de Japón.

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