Publicado: Mar, 5 Abr, 2016

En un limbo de tenues esperanzas

Foto tomada de Internet (BBC Mundo) Miami. La mañana está triste. Ya no es invierno en el patio de mi casa, pero en lo alto del firmamento oscuros nubarrones cierran el paso a los rayos del sol, atan sus alas luminosas privándolas de alegría y de libertad. ¿Será el cielo de Cuba?, me pregunto. Y un punzante dolor se me enrosca en el alma. Es el dolor de siempre, el de la playa de mi infancia en la distancia. El de la paz crucificada inútilmente. El de los surcos de la Patria desangrándose sobre una cruz de odio y de maldad. Más de 57 años de agonía.

Desde enero de 1959 el pueblo de Cuba ha vivido en un limbo de tenues esperanzas, siempre anudadas con las gruesas cadenas que imponen el despotismo y la intolerancia del sistema opresor. Ese sistema engañoso y diabólico que les borra el presente, obligándolos a vivir en un futuro imaginario que no llega, porque es pura fantasía. Un alba indescifrable sin alas y sin horizonte. Una tímida luz atascada en el fondo de un pozo.

Cuba es una realidad doliente. Un laboratorio de experimentos fantasmales. Una isla que navega a la deriva movida por los vientos y los intereses de una longeva tiranía, vergonzosamente aceptada y reconocida, con todos los derechos que sólo corresponden a un gobierno legítimo, por una buena parte de la comunidad internacional. Esto, a pesar de no haber permitido en sus más de cinco décadas de existencia un proceso de elecciones libres para escoger a sus gobernantes. Un proceso con todas las garantías de un sistema genuinamente democrático, acorde a lo establecido por los estatutos de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), de la cual Cuba es país signatario. Y esto, lamentablemente, a pesar de los crímenes y las violaciones sistemáticas a los derechos humanos.

A la hora de hacer el recuento histórico de las fuerzas externas que asumieron actitudes erróneas (bien fuera conscientes o inconscientes), e invocando sensibilidad con el pueblo de Cuba tendieron un puente de entendimiento y complacencia con la tiranía comunista, lo que en la práctica significa solidaridad, no podremos olvidar al actual mandatario norteamericano Barack H. Obama. Sus acuerdos de colaboración suscritos con el dictador Raúl Castro y anunciados el 17 diciembre del año 2014 son un aporte importante de sobrevivencia a la tiranía castrista, en los momentos en que la situación política de Venezuela y su probable retorno a la democracia, apuntan hacia la eliminación del subsidio petrolero otorgado por el régimen de Hugo Chávez, primero, y luego por su sucesor Nicolás Maduro. El final de esa cámara de oxígeno que luego del derrumbe de la Unión Soviética ha venido alimentando los pulmones de la tiranía castrista, y que está próximo a concluir.

La reciente visita del presidente Obama a Cuba generó varias expectativas. Una de falsas esperanzas, en quienes no acaban de entender que ningún dictador ha propiciado cambios significativos hacia la libertad por sensibilidad humana u oportuna rectificación de su conducta opresora. Sólo la toma de conciencia generalizada de un pueblo, convertidas sus fuerzas físicas y espirituales en intolerancia popular contra quienes les imponen cadenas, es capaz de lograr que los cambios hacia un sistema de derecho y de paz se originen.

Otra de las expectativas es la de unos pocos acaudalados cubanos, que hicieron fortuna en el extranjero, pero no tienen conciencia de solidaridad con las ansias de libertad de su pueblo. Para ellos lo esencial ante esta coyuntura ocasional, es la oportunidad de una probable multiplicación de sus riquezas a costa de la explotación empresarial. Pagar a un obrero cubano el equivalente a $20.00 dólares al mes es una nueva experiencia tentadora, más allá de todo razonamiento ético, para el magnate azucarero Andrés Fanjúl o para el empresario Carlos Saladrigas, por sólo citar a dos de los más inescrupulosos cubano-americanos dispuestos a sentarse en la mesa del tirano, a compartir con él sin remordimiento alguno el pan y el vino.

Y está, finalmente, la expectativa de quienes se han dejado deslumbrar por las iniciativas y el discurso, pronunciado en La Habana, por el actual mandatario de la Casa Blanca. Reconozco como un gesto inspirador hacia las aspiraciones de igualdad y las posibilidades a ser libre que nos corresponden como parte de la civilización universal, cuando hizo el siguiente señalamiento, en reconocimiento a lo que nos pertenece también a los cubanos:

“Creo que los ciudadanos deben de tener el derecho de expresar lo que piensan. Organizarse. Criticar a su gobierno y manifestarse pacíficamente. Y el estado no debería incluir detenciones arbitrarias para aquellas personas que practican su derecho…También creo que los votantes deberían poder elegir a sus gobiernos en elecciones libres y democráticas…Creo que esos derechos humanos son universales.”

Sin embargo, al presidente Barack Obama le faltó decisión o valor para demostrar su descontento por los atropellos y las detenciones de que sólo unas horas antes habían sido víctimas numerosos opositores pacíficos y no pocas de las mujeres que integran el núcleo de las Damas de Blanco. De igual forma guardó silencio, a pesar de que el Departamento de Estado de su propio gobierno estaba en posesión de una larga lista, sobre la existencia de prisioneros políticos en las cárceles de la tiranía, algunos, como el legendario Armando Sosa Fortuny, con más de 30 años cumplidos en prisión.

Considero que el momento es oportuno para aclarar al presidente norteamericano que se equivocó en su apreciación cuando dijo: “Estoy lleno de esperanza en el futuro, por la reconciliación que está teniendo lugar entre el pueblo cubano”.

No. No hay nada que reconciliar entre el pueblo cubano. Las diferencias existentes no tienen su origen en el pueblo cubano. Somos el mismo pueblo, con idénticas añoranzas e ilusiones, el atrapado en las miserias de la Isla cautiva y el que el destino nos ha dado un hogar temporal en este país de libertad y progreso y en muchos otros rincones del mundo.

El diferendo, la incompatibilidad es con los que durante más de medio siglo han venido imponiendo en nuestro país un régimen de opresión y de muerte. Nuestra dignidad y el respeto que merecen nuestros mártires, a quienes el mandatario norteamericano deliberadamente ha querido olvidar, no nos permite la reconciliación con quienes con ensañada crueldad les arrancaron la vida.

No es la vía adecuada para lograr la liberación de nuestro país, debería entender el Sr. Presidente, el otorgamiento de beneficios sin condiciones al tirano de turno, ni el estrechar su mano.

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